¿Qué comiste cuando...?
Cochinillo el día que me cuadré, un festín de comida de mar
la noche que me comprometí. Ostras y perritos calientes de Gray’s Papaya en mi
primera visita a NYC; Arroz frito cuando fui a Camboya, Wontons en Singapur; Kaftas,
Tabulleh, Hummus, Pan Árabe cuando me dio Otitis; Posta Cartagenera, Platanitos
en tentación, Chips de papa nativa y Arrechón para la última cena romántica; 4
tipos de arepas (santandereana, boyacense, caldenses de mote y típica paisa) la
última vez que me visitaron mis primos… Para mí, la comida es nostalgia, la
banda sonora de las historias de mi vida.
Soy manizaleña. Y como muchos sabrán, nuestra ascendencia es
primordialmente paisa.
Tuve una infancia feliz, llena de primos (18) y tías (9 = 7
tías, 2 tíos), de paseos a la finca del abuelo (finca cafetera, by the way), y
de platos elaborados con todo el amor.
Cada navidad viajábamos a la finca, tipo 23 de diciembre,
siempre acompañados de un ‘culi bajito’, o cerdo al que subían usualmente a la
camioneta en la íbamos todos los niños. En el recorrido, siempre le tomábamos
cariño al pobre animal, al que muy pronto habríamos de ver despedazado por
entre las rendijas del cuarto en el que nos encerraban a los niños, disque para
que no nos traumatizáramos. ¡Ja!
Los gritos del marrano traspasaban las paredes de bahareque
de la finca, y se metían en nuestros oídos después de colarse por entre las
rendijas.
Nunca olvidaré ese sonido.
Pero tampoco nunca olvidaré ese sabor.
Amo el cerdo. Es para mí una seña de identidad. Las
preparaciones que realizaba mi familia hablan de dónde vengo, de cómo crecí, de
qué tan feliz fue mi infancia.
No me malinterpreten, ya quisiera yo tener un mini pig para
pasear en la ciclovía los domingos. De verdad por convicción quisiera ser
vegetariana. Pero yo ya he aceptado mi ser animal. Ese ser con gusto por la
proteína animal que mis ancestros se esmeraron tanto por desarrollar y de
alguna forma inconsciente, perfilaron con sabrosas preparaciones.
En ese tiempo feliz, el chicharrón pululaba. Era
esperadísimo el sancocho de espinazo hecho en leña, la morcilla, las
costillitas, los fríjoles…
Hoy quisiera poder recordar qué comí con mi abuela el día del
5 a 0 Colombia vs Argentina; o el día que llegué a vivir a Bogotá, o quizás
degustar de nuevo aquello que probé la primera vez que un muchacho me invitó a salir.
Y tú, ¿qué comiste el
día que diste tu primer beso?
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